|
Por Javier Sierra
Rosario Marquina se siente como una paloma en las manos de un gigante, aterrada de que un mal día vaya a apretar demasiado.
Rosario vive en Manchester, el barrio más contaminado de Houston, la ciudad más contaminada de Estados Unidos. Y no pasa un día sin que rece por nunca volver a ver ni oler el origen de sus desdichas —las cinco plantas petroquímicas que rodean su casa y la escuela de sus hijos.
Su hija de seis años, Mónica, va a la Escuela Elemental JR Harris. Y su hijo de siete, Valentín, dejó de ir luego que le diagnosticaran leucemia.
"Cuando llevo a Mónica a la escuela siento un vacío muy hondo", dice Rosario. "Me da mucho miedo que también se enferme ella. No sé si le estoy dando una educación o una sentencia de muerte".
Los temores de Rosario los comparten miles de residentes en este barrio abrumadoramente latino de Houston, donde 10 industrias petroquímicas emiten 1.9 millones de libras de contaminantes atmosféricos anuales, la mayor cantidad del país.
"Aquí, decenas de miles de niños asisten a escuelas situadas a menos de dos millas de una planta química", dice Juan Parras, líder del grupo Unidos Contra el Racismo Medioambiental. "Y un buen ejemplo es la César Chávez High School, donde más de mil estudiantes, casi todos latinos, se llevarían la peor parte de un posible escape masivo de contaminantes".
La escuela, construida en 2000, está situada cerca de cuatro plantas petroquímicas, Exxon-Mobil, Texas Petrochemical, Lyondell-Citgo y Valero Houston Refinery. Además, fue construida encima de tuberías subterráneas que surten de petróleo y gas a las factorías.
Pese a que las compañías dicen cumplir con la ley al pié de la letra, un reciente estudio realizado por el diario Houston Chronicle parece confirmar los temores de Rosario y Juan. El informe indica que los niveles detectados en Manchester de 1,3-butadien, benceno y cloroformo —tres conocidos cancerígenos— excedieron con mucho los niveles máximos federales.
Un científico dijo al Chronicle que los niveles de benceno son tan altos que residir en Manchester equivale a vivir continuamente en un embotellamiento de tránsito. Más de 80 de las muestras obtenidas por el diario hubieran provocado una intensa investigación federal si esas comunidades fueran basurales tóxicos. Otro científico dijo que Manchester es único en el país, porque cualquiera que sea la dirección del viento, la contaminación siempre llega a los vecinos.
"Aquí apesta", dice Ben Zamurio, un senior de César Chávez HS. "Huele a huevos podridos. A nadie le gusta vivir en un sitio así. Mi sueño es irme de aquí".
Las autoridades escolares, sin embargo, rechazan las alarmas, calificando a gente como Rosario y Juan de extremistas y alegando que esta escuela de 50 millones dólares se construyó basándose en estudios medioambientales realizados en 1992 que "demuestran que no hay nada malo con la propiedad".
"Han pasado muchos años desde entonces", responde Juan. "Desde 1998 somos la ciudad más contaminada del país. La escuela debe instalar monitores para medir la polución y dejar de escondernos los historiales médicos de los estudiantes. Es como si nos tiraran un hueso para callarnos, pero resulta ser un hueso tóxico".
Manchester es quizá el ejemplo más emblemático de una injusticia que se repite por todo el país. Cuanto más pobre y minoritaria sea una comunidad, más posibilidades hay de que sus escuelas estén situadas cerca de lugares tóxicos.
Hay otros factores que favorecen esta crisis. Cuanto menos inglés hablemos, más vulnerables somos. La inmensa mayoría de los residentes de Manchester desconocen los peligros a los que están expuestos.
Además, cientos de miles de padres latinos se encuentran con el dilema de tener que mandar a sus hijos a escuelas demasiado lejanas o aceptar otras nuevas construidas en los mismos barrios tóxicos en los que viven. La falta de participación política también influye.
"Tenemos que dejar de ser pasivos", advierte Juan. "Tenemos que educar a nuestras comunidades a pelear contra las injusticias medioambientales y obligar a nuestros políticos a que nos ayuden en esta lucha".
Defenderse funciona. El grupo de Juan y 650 vecinos han logrado que la
Agencia de Protección Medioambiental (EPA) investigue la contaminación en Manchester.
Pero Rosario se cansó de ser paloma.
"Las autoridades me dicen que siga llevando a Mónica a la escuela porque los niños ya tienen las defensas contra estos venenos", se lamenta. "Entonces, ¿qué le pasó a Valentín? Yo sólo quiero sacar a mis hijos de Manchester cuanto antes."
Javier Sierra es columnista del Sierra Club. El Sierra Club es la mayor y más antigua organización de base medioambiental en Estados Unidos.
Up to Top
|